10 de octubre de 2012

Julia Urquidi y Mario Vargas LLosa ... en nombre de la Ingratitud...


Julia Urquidi y Mario Vargas LLosa Foto: La ültima Corazonada


"La ingratitud es la amnesia del corazón"... (Gaspar Betancourt)

Celebran medio siglo desde la pluma del escritor y no puedo dejar de pensar en la ingratitud... En nombre de la mujer que inició e impulsó a un escritor que en su momento de gloria no supo darle siquiera un "gracias" a su memoria. Les comparto esta Carta a Julia Urquidi de Gabriela Polit... 


"Mario hasta me dedicó la “Tía Julia...”, puso: “A Julia Uriquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y este libro”. Por eso yo también le dediqué el mío a él: “A mi sobrino Mario Vargas Llosa”, porque ahora es mi sobrino político. Antes no era nada mío... (Julia Urquidi - Lo que Varguitas no dijo)


Carta a Julia Urquidi

(Gabriela Polit Dueñas)


20/10/2012
Querida Julia,


Al enterarme de que su sobrino y ex marido Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de literatura, no pude sino acordarme de usted. Disculpe la torpe ocurrencia, pero es que al juzgar por las confesiones en la ficción y en la autobiografía de su sobrino, o mejor dicho, de su ex, ya que el prefijo destaca una relación terminada, usted ocupó un lugar muy importante en la vida literaria de Mario. Por eso pienso que es la persona con quien puedo compartir mis inquietudes.



Julia, mal que le pese, su ex es uno de los mejores narradores latinoamericanos de los últimos tiempos. Para quienes hemos leído su obra con algún orden cronológico, conocemos que su mejor literatura empieza en los ’60 y termina en el ’93. También sabemos las dos que desde que incursionó en la vida política profesional, cuando decidió postularse a la presidencia de su país, su vuelo fue como el de Icaro. Su esposa Patricia se lo advirtió. Pero los hombres, Julia, y usted sabe eso muy bien, tienen una selectiva deficiencia auditiva. El dijo que haría política por una razón moral. Patricia sabiamente tradujo la grandilocuente frase de Mario en términos más simples: “Fue la aventura... de escribir, en la vida real, la gran novela”. No es invento mío, Julia, el mismo Mario lo escribe en la página 46 de su autobiografía.


Como yo, imagino que usted reconoce que en los libros escritos hasta el ’93, su literatura se destaca por mostrar de manera incisiva, con gran prosa e inteligentes tramas, las relaciones de poder entre el oficial del ejército y la prostituta; entre el hombre rico y su amante chofer de origen afro; entre la chola de clase media y el burócrata ambicioso; contando la vida cotidiana de la política.
También explora la relación de amor entre un joven promesa y su tía, la de odio entre el hijo y el padre. Estas historias, Julia, son tan universales como profundamente peruanas. A ese Perú clasista, mestizo, racista, machista, quizá nadie lo narró tan bien.
Pero la experiencia política de su ex resultó antiliteraria en un sentido muy borgeano. Borges decía que la realidad imita a la literatura. Pero Mario no tuvo esa suerte. El, que había incursionado con minucia en la mente de personajes tan arraigados en la realidad de su país, no supo hacer suyos los votos de la gente. La literatura le hizo un quite cuando le dio la victoria política a un contrincante que hablaba peruano con acento extranjero y sabía tanto del Perú como su ex de ingeniería. Ese paradójico fracaso político, sin embargo, acercó a nuestro Icaro al Sol y al calor de su llamas se perdió el mejor fuego de su ficción.
El pez en el agua parece ser el umbral entre sus grandes obras y las demás. El pez es la historia de su vida pública, la de político fracasado que justifica su pérdida en el relato autobiográfico y la de quien cuenta su genealogía como escritor. Comienza a los 10 años cuando el padre aparece para reclamar el lugar junto a la madre, obligando al pobre Mario a vivir el complejo de Edipo al revés. Quizá por eso es que su ex tiene tanta aversión al psicoanálisis. Ha vivido contra la corriente de una teoría cuyo flujo es uno de los más caudalosos de la cultura moderna. ¿Se deberá a eso su terca manía de narrar el poder?
En El pez Mario nos cuenta que de la mano dura del padre se hizo hombre y, desafiando su mirada homofóbica que veía en la pasión por las letras el indefectible afeminamiento de su hijo, se hizo escritor. Disculpe la intromisión. Pero a pesar de que él se empeña en ver así ese paso enorme que le significó desobedecer al padre y escribir, yo siempre percibí en ese gran paso su mano, Julia. Debe ser porque en este mundo todavía son los hombres los que ponen los pies y las mujeres las manos.
La valentía para confrontar a Ernesto, ese padre abusivo y maltratador, tenía que venir de una prueba contundente de hombría. Y esa prueba fue usted, querida. Sin usted, Mario jamás hubiera sido escritor. En ese universo autoritario y violento del padre, viniendo de ese micromundo tan chauvinista como el colegio militar, no creo que el joven Mario se hubiera atrevido a ningún desafío si no tenía a su lado una hembra que simbólicamente le probara la hombría. Y usted, Julia, además de encantadora e inteligente, le llevaba trece años de experiencia a ese muchacho. ¡Por supuesto que lo llevó de la mano!
Quizás eso también explica esa obsesión con prostíbulos, con la búsqueda de experiencias sexuales que avalen a sus personajes como hombres y los acrediten como agentes de la política, del Estado, de ejército. La frustración con la política quizá se condense mejor en ese amor homosexual de Cayo Bermúdez con su chofer. Sólo desde ese universo homofóbico y machista desde el que narra Mario puede servir la homosexualidad para representar el mundo abyecto de la política. Por supuesto, sé que en términos de su ex la definición sería la contraria: representar la frustración política con el acto abyecto de la homosexualidad. Disculpe, Julia, que lleve las reflexiones del Premio Nobel al campo de la sexualidad y el género. Pero usted más que yo debe reconocer que no es un capricho mío, sino que por el contrario, es su propio sobrino quien se sirvió de las diferencias entre los géneros para narrar magistralmente el poder.
Pocos personajes me hicieron reír tanto como Pantaleón, Mario comprendió que el poder, la autoridad, la sexualidad y el deseo son indispensables para reír. Y no me va a decir, Julia, que la sensualidad de los encuentros de Panta con Olga Arellano tienen algo en común con el erotismo de manual con el que su ex experimenta en Los cuadernos de Don Rigoberto. A eso me refiero cuando le digo que Mario hizo buena literatura hasta el ’93. No quiero repasar los títulos de las obras que ha publicado desde entonces, aunque unas fueron mejor logradas que otras. Quizá la suspicacia para narrar el Santo Domingo de Trujillo resultó persuasiva para muchos, o la vida de Flora Tristán. Pero convengamos que su Niña Mala viajando por el mundo es más una novela de folletín. Lo cierto es, Julia, que son estas novelas y el Mario de los últimos veinte años, lo que me impulsa a escribirle esta carta.
El premio regresa a esta esquina de la lengua después de veinte años. En 1990 lo recibió Octavio Paz, en el ’89 Camilo José Cela, pero a mí el Nobel de Mario me recordó a Gabriel García Márquez. Quizá porque los dos pertenecieron al mismo campo literario que puso a las letras latinoamericanas en un radar de consumo más amplio. Quizá también por la mezquina idea de que finalmente a Mario le llega el momento de revancha. Y aquí va a tener que perdonarme, Julia, por la imprudencia, pero ¡qué diferencia, querida! No hablo de la calidad narrativa, porque para serle honesta, y aunque a los suecos les suene a sacrilegio, los premios no reconocen solamente calidad. Si así fuera, tardaríamos años elaborando reclamos de imperdonables olvidos y extremas generosidades. Así que dejemos eso de la neutralidad de lado.
La diferencia de la que hablo, querida Julia, es la de los tiempos que corren. Cuando le dieron el premio a García Márquez en 1982, todavía teníamos fe. Celebramos la celebración de Macondo porque sentíamos la necesidad de que terminaran los regímenes autoritarios, porque aunque habíamos dejado de creer en Cuba, Nicaragua nos había nacido; porque la violencia que azotó a Macondo venía de verdugos identificables, y porque creíamos que el tiempo de esos verdugos llegaría pronto a su fin. El premio fue una señal de que esa fe tenía sentido. Sí, Julia, sé que usted me dirá que al describir así la celebración del premio confieso ser una hereje en el sagrado territorio literario, y lo admito. Es la malsana tendencia a idealizar el pasado, pero le confieso, Julia, que en esos años hasta creía en la ecuánime objetividad de los jurados y la sabia neutralidad de la Academia.
Ahora son otros tiempos. Ya no tengo la misma fe y, para serle honesta, mi reacción cuando escuché que su ex recibía el premio que él tanto ha codiciado, fue de perplejidad. Me alegré, sí, pero no por las razones que nos dan los periódicos, los críticos literarios, las instituciones, esos discursos del reconocimiento a la lengua castellana; del tributo a la gran narrativa latinoamericana, o específicamente a la peruana. No. Todas esas colectividades a las que se pertenece o no no hacen que se pueda sentir el premio como propio. Lo que hace que un premio sea compartido son lo ideales. Por eso es que este Nobel es de Mario Vargas Llosa y de nadie más. Y si hubo alegría en mí, fue por él.
Julia, el mundo ideal de su ex, sobre el que escribe con asiduidad en El País, y para el que reclama la expansión de libres mercados, la privatización de los servicios, criticando las acciones de los estados, es muy distinto al mundo al que yo aspiro. El celebra la expansión económica de Perú sin reconocer los enormes costos sociales, sin mirar los escombros de una memoria resquebrajada ni la herida traumática en la gente por tanta muerte impune que dejó la guerra contra el terrorismo. En ese mundo de Mario, querida Julia, los premios sólo pueden ser individuales. Ese es el motivo que no me permite celebrar con euforia a su Escribidor. Créame que reconozco en usted el tesón, y en Mario el trabajo prolífico y sesudo, digno de muchas distinciones. Pero para que yo pueda celebrar ese premio como he celebrado otros, tendría que sentirlo un poco mío, y no puedo.
Supuse, querida Julia, que a usted, por razones distintas, le pasaba lo mismo y por eso decidí escribirle. Usted, como ex esposa de Mario, yo como su lectora, tenemos en este momento algo en común. Pero ya la he abrumado bastante.
Le pido disculpas si en algo la ofendo, o si he sido imprudente. Le he escrito con la vehemencia de quien necesita compartir inquietudes. Si en algún momento decido brindar por Mario y por ese galardón que ha recibido, pensaré en usted, Julia, en esa mano de mujer sabia que lo ayudó a convertirse en el gran escritor que es.
Con profunda admiración,
Gabriela Polit Dueñas

En memoria de la tía Julia
Julia Urquidi, murió el 10 de marzo 2010, fue la ex esposa de Mario Vargas llosa, sobre cuya convivencia de pareja el escritor peruano escribió " LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR". Julia, era 10 años mayor a "varguitas", y durante su formación como escritor, élla lo acompañó hasta luego de recibirse como literato... QUIÉN CONOCE MEJOR A UNO, QUE SU PROPIA MUJER? Mario Vargas llosa vivió en Cochabamba en su niñez y en sus años de formacion literaria, pues su padre era cónsul del Perú en Bolivia...una gran anécdota q luego el retrata en su famosa obra, que luego fue respondida por Julia urquidi, con la obra "LO QUE VARGUITAS NO DIJO". Aquí una publicación de LOS TIEMPOS, del día domingo pasado, en memoria de LA TÍA JULIA

Como dice el poema: ‘Vida, nada me debes; vida, estamos en paz 

Alejada de la vida pública desde hace más de dos décadas, doña Julia Urquidi murió el miércoles 10 de marzo a causa de una complicación respiratoria. Tenía 84 años.
Nació en cochabamba el 30 de mayo de 1926. Fue la cuarta de cinco hermanos. Se casó tres veces. No tuvo hijos. Fue la ex esposa del escritor peruano Mario Vargas Llosa. 
“Ustedes, los periodistas, son muy embromados. Abren, hurgan y hurgan”, fue una de las primeras cosas que me dijo, en diciembre de 2002, Julia Urquidi Illanes cuando abrió la puerta de su casa en el residencial barrio de Sirari. Aún recuerdo su sala, aquélla donde pasaba casi toda la mañana leyendo y escuchando música, mientras el olor a tabaco consumía su tiempo. Era su refugio, donde tenía fotos por todos los rincones, imágenes de sus hermanos, de sus sobrinos, de la familia que tanto adoraba. Era inevitable no detenerse en cada portarretrato, mientras ella, delgada, levemente encorvada, de ojos claros y de sonrisa astuta, compartía generosamente sus recuerdos. Y es que la mujer era un torrente de ideas, un saco sin fondo de memorias. Sus palabras desbordan cualquier cuestionario, porque dentro de ella las ideas bullían a razón de 76 años de lucidez. Con un aspecto de señora implacable, tenía congelado en su porte y en su mirada esa rebeldía que la hizo famosa, pero también esa vivacidad y energía que tal vez fue la que enamoró al peruano Mario Vargas Llosa y que lo inspiró a escribir la novela “La tía Julia y el escribidor”. Fueron más de dos horas de una inolvidable conversación. De aquella mañana no sólo quedan 12 páginas de una larga transcripción, sino también parte del pasado que Julia Urquidi se atrevió a develar con mucho aplomo y serenidad. Algunas de ellas salieron publicadas en 2003, pero muchas otras, quizás las más personales, las publicamos hoy… Aquí las palabras de una dama emblemática, que falleció la semana pasada a los 84 años.
¿Cómo es Julia Urquidi Illanes? Soy una persona muy sencilla, muy humana. En la amistad soy terriblemente leal y querendona. No tengo mal carácter, pero tengo carácter, que es muy distinto. No me dejo doblegar, siempre digo: ¿Y por qué? Tampoco lo hago por creerme superior, porque nadie es superior a nadie, sino por mí misma, por autoestima. Creo que no hay peor cosa que el egoísmo, que la envidia. Gracias a Dios, no sé lo que son esas palabras... Créame, ni en las cosas más tremendas que han pasado en mi vida he maldecido a nadie, jamás he sentido rencor. 
Si filmáramos una película de su vida, ¿con qué imágenes tendríamos que empezar? Con imágenes de mi niñez, de mi segundo matrimonio, de mi vida hogareña…
¿Fue una mujer de muchos amores? No, aunque parezca mentira. He tenido muchos enamorados, pero enamorarme, enamorarme... máximo tres veces en mi vida. 
¿Cuántas veces se casó?  La primera vez fue con un muchacho de La Paz. Viví cinco años en una finca en el altiplano, un lugar maravilloso a orillas del lago Titicaca. Una belleza. Estuve casada cinco años. Sucedieron cosas personales, desavenencias, cuestión de caracteres… 
¿Ahí llegó a su vida Vargas Llosa? Yo era diez años mayor que Mario. Lo conocí cuando era chico, cuando vivía en Cochabamba, porque su abuelo era cónsul de Perú. Fui a pasar unas vacaciones en la casa de mi hermana, que es casada con Lucho Llosa, que es hermano de Mario. ¡Es un lío familiar tremendo!, porque Mario es primo hermano de su señora. Entonces, lo conocí y poco a poco empezamos a enamorar hasta que nos casamos. Mario tenía 19 años y yo 29. Me metí a la piscina y dije: “Bueno, veremos qué pasa, que me dure un año”, pero duramos nueve de casados y uno más en los trámites del divorcio. Mario se graduó de Literatura cuando estaba casado conmigo. 
¿Qué la enamoró de él? Bueno, su forma de ser... Era muy tierno, sensible, discutíamos mucho sobre libros, leíamos entre los dos, íbamos al cine... Había varios puntos de contacto, era como si todo estuviese previsto para encontrarnos. 
¿Nunca más lo volvió a ver? No. Se enojó cuando yo saqué mi libro “Lo que Varguitas no dijo”. Al Vargas Llosa de ahora no lo conozco. Hace muchos años que no sé nada de él. Sólo lo leo… ¡Ah!, y lo veo en televisión, y no me significa absolutamente nada. 
¿Por qué se enojó? Porque dije la verdad. Despinté a Vargas Llosa y eso le dolió mucho. Tiene un ego muy profundo. 
¿Y qué fue lo que Varguitas no dijo? Uhhhh, muchas cosas. Por ejemplo, él escribió “La tía Julia y el escribidor” sin consultarme, cambiando muchas cosas, tergiversando la realidad. Se hicieron telenovelas, películas... De todo. Nunca me dijo nada. Cuando nos divorciamos él me cedió los derechos de autor de “La ciudad y los perros”, que fue su primer libro y lo escribió cuando estaba casado conmigo, porque yo renuncié a pensiones, a todo, pero él me obligó, habló con mi abogado y me cedió los derechos. Cuando saqué mi libro, porque me harté de tanta mentira, se enojó y me quitó absolutamente todo. No tenía derecho a hacerlo, estaba en mi sentencia de divorcio. ¿Pero meterme en líos por dinero? ¡No! Además de por medio está mi hermana. Para nosotros, la cuestión familiar está antes que todo. 
¿Qué le molestó de “La tía Julia y el escribidor”? Que negociara con un amor que fue muy lindo. Yo me divorcié porque él se enamoró de Patricia estando casados. Ella vivía conmigo en Perú. Son cosas familiares que no valen la pena contarlas y punto, cosas de más de 30 años que ya ni me acuerdo… Sacó unos derechos de autor bárbaros. 
¿Fue al matrimonio de su sobrina? Al matrimonio no fui, pero los invité a mi casa cuando yo vivía en Washington. Llegaron allá, los fui a esperar, los recogí. Había una relación. Yo lo entendí perfectamente bien. Por eso te digo que uno tiene que comprender cuando el amor se acaba, no puede quedar ni odios ni rencores. No se puede obligar a los sentimientos. 
¿Jamás sintió cólera? Ah, por supuesto que sí... Sobre todo porque hubo muchas mentiras, muchas cosas que no me gustaron. Por eso, creo que hay que ser sincero con los demás y con uno mismo. Las cosas se hacen hablando. Decir: “Bueno, esto es así, perdóname, discúlpame, pero tengo que ir por este lado”.
¿Cómo se decidió a escribir la respuesta? Cuando sentí que se estaba explotando mi vida, mi vida familiar. Además que en cada telenovela me aumentaban la edad. Mira, se hicieron dos telenovelas: una colombiana, que era espantosa, horrible. Yo le rogué que no la haga, pero no... Esto (el dinero) prima mucho. Después, hubo una película americana, que hace unos 15 días la vi en televisión... ¿Y no sabes quién me hizo la carátula de mi libro? Carlos Mesa. Carlos me ayudó mucho a corregirlo, a publicarlo. 
¿Usted ganó con su libro? Lo publicó Última Hora, de Mario Mercado, que, dicho sea de paso, nunca me pagaron los derechos de autor, sólo me dieron cinco mil bolivianos (risas). En serio, no me pagaron nunca y la venta fue buena. Era prohibido vender fuera de Bolivia, pero donde más se vendió fue en el exterior. He recibido cartas de los lugares más extraños por el problema del libro. Me felicitan por mi actitud, por mi valentía. Pero no crea que me santifico. Escribo los errores de él y los míos. - ¿Errores? - Muchos. El principal fue que él dejó de quererme, y el mío tal vez –como él me acusaba cuando yo me enteré de lo que había entre él y Patricia– eran los celos. Pero no eran celos, sino realidades. Nunca he sido celosa con Mario. Él era celoso conmigo, siendo 10 años mayor; yo no. Eso sí, nunca me hizo una escena. 
¿Nunca más volvió a escribir? No. Fue su nacimiento y muerte. Podría escribir muchas cosas, pero, sabes qué, es muy doloroso sacar los recuerdos. No fui directamente a escribir, sino que hablaba. Llené 20 casettes por ambos lados y después compaginé. Tardé tres años en escribir. Hay muchas cosas que no quise decir, porque no valían la pena. 
¿Vargas Llosa leyó su libro? No sé, dice él que no, pero en una entrevista dijo que aceptaba un libro lleno de mentiras… Si no lo ha leído, ¿cómo sabe que hay mentiras? (risas). Mario hasta me dedicó la “Tía Julia...”, puso: “A Julia Uriquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y este libro”. Por eso yo también le dediqué el mío a él: “A mi sobrino Mario Vargas Llosa”, porque ahora es mi sobrino político. Antes no era nada mío. 
¿Cree que él cambió?  Cambió hasta en su forma de pensar, porque era muy de izquierda. Mario iba a Cuba como quien iba a Cotoca. No sé por qué cambió. No tengo idea... Creo que tuvo cierto problema con un libro, con “La Casa de las Américas”, pero no estoy segura. 
¿Postuló para ser presidente? Eso le ha valido para que nunca tenga el Premio Nobel de Literatura, por político. Cada año él postula, pero nunca sale. Una vez me preguntaron qué me parecía Mario como presidente. Yo le dije: “Para mí, por lo que él ha sido, por lo que ha luchado, creo que para él sería mejor el Premio Nobel que la banda presidencial de Perú”. Se ha sacado todos los premios habidos y por haber en el mundo... pero el Nobel, no. Y no creo que lo reciba, te vas a acordar de mí (risas). 
¿Vargas Llosa hizo famosa a la tía Julia? Y yo lo hice a él. El talento era de él, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Porque sin la ayuda que yo le di no hubiera sido escritor. El trabajar, el ayudarlo, el copiar sus cosas, obligarlo a escribir, fue una ayuda mutua, los dos nos necesitábamos. - Se dice que la prensa la persiguió mucho, pero usted… - La vez que venía Mario a Bolivia, tenía que descolgar el teléfono. Me volvían loca. Me hartaron. Una vez le dije a un periodista por qué no la entrevista a su señora. “Porque su señora no tiene nada que ver en su vida de escritor”, me dijo. Ha venido hasta la BBC de Londres a hacerme una entrevista. Acepté porque me pagaron muy bien (carcajadas). Es la única entrevista pagada que he dado. - ¿Cuándo dijo: ‘Ya no hablo más del tema’? - El asunto estuvo muy trillado. Demasiado comentado, demasiado escrito... Ya no valía la pena, porque era repetir lo mismo. ¿Para qué? Cada quien que vaya por su camino, cada uno con su vida y ¡santa pascuas! 
¿Doña Julia nunca pensó en tener hijos con Vargas Llosa?  Esperé, pero lo perdí… Por eso me adueñé de los hijos de mis hermanas y los hijos de mis sobrinos me dicen abuela.
¿No se volvió a casar?  Sí, pero fue un matrimonio absurdo, que ni lo tomo en cuenta. 
¿No se quedó con ganas de nada? Mi vida fue plena. Amé, me amaron; fui feliz, fueron felices; me dieron, di… Creo que no hay que ser tan ambiciosa. Hay que dejar un poquito para los otros. Gracias a Dios, he vivido mucho y ha sido bien vivido.
¿Tiene cosas pendientes en la vida? Nada, como dice el poema: “Vida, nada me debes; vida, estamos en paz”. 
Ella y los escritores
Uno de los escritores que más he admirado y que ha sido amigo fue Julio Cortázar. Lo conocí en París, donde viví siete años. Cortázar era un hombre que tenía un complejo enorme: había que mirarlo para arriba, porque era interminable, era altísimo, tenía cara de muchacho. Julio no envejecía, parecía el retrato de Dorian Grey. Cortázar tenía 50 años y yo unos 33. Su primera señora era chiquitita, chiquitita, pero se divorció y se casó con una periodista francesa. Era un hombre encantador. Escribió cosas maravillosas. Después me gustaba Neruda, como poeta, y Jorge Edwards, un escritor chileno. En mi casa también ha vivido la esposa y la madre de Ernesto ‘Che’ Guevara. Eran dos personas estupendas. Su madre, Celia, era una señora encantadora, íbamos al teatro. La primera esposa del Che, Hilda Gadea, era peruana, como Mario (Vargas Llosa). La llevó para que se aloje en la casa y ella le preguntó si podía ir Celia. Tengo cartas muy bonitas de ella, sobre todo cuando volvió a Argentina. La llevaron directo a la cárcel, porque dijeron que estaba llevando propaganda subversiva. La mamá del ‘Che’ admiraba a su hijo, pero decía que había cometido muchos errores. En esa época existía un grupo subversivo peruano, de un muchacho Blanco y fueron a hablar con Celia para que les diga cómo debería ser el alzamiento armado, una idea tonta porque eran muy pocos. Celia les dijo: “Les voy a decir una sola cosa. Las guerrillas son ideales, pero los idealistas necesitan armas”. ¿Dónde están sus armas? ¡No las tenían! También conocí, en París, a Miguel Ángel Asturias. Para ese entonces, era un hombre que no tenía medios, porque estaba exiliado. Nos turnábamos, con unos amigos, para que almorzara o cenara en alguna casa. Hasta que llegó a ser embajador y ahí se intercambiaron los papeles. 
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3 comentarios:

Mauricio Salinas dijo...

interesante. gracias por la dosis de cultura.

Anónimo dijo...

Agradable articulo, saludos.

Mae Reyna dijo...

Honrada por sus visitas y comentarios.Muchas gracias a Uds. por su importante valoración =)

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